La santidad es un proceso continuo: ¡disfruta del camino!
“Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre”. (Mateo 6:9)
Nuestra parashá de esta semana es Emor, y es un relato práctico de cómo santificar el Nombre de Dios en distintos ámbitos. En el 22:32 leemos: “Y no profanaréis el nombre de mi santidad, antes bien, seré santificado en medio de los hijos de Israel; Yo soy el Eterno que os santifico”. Así que este es el núcleo central del tema desarrollado en la porción, ¿cómo santificar al Nombre Divino en un mundo profano?
Primero, según tu rol tu responsabilidad, así es que debes limitar tus acciones, vestimenta y relaciones (Levítico 21-24). Es como decir, entre mayor responsabilidad, mayor nivel de disciplina y santidad será requerido. El sacerdocio original fue concebido como un regalo, una elección para desarrollar un propósito ulterior al ego personal, y sobre todo un privilegio de vivir en cercanía con Dios, y transmitir a otros cómo acercarse a la Divinidad a través del servicio. Así que hoy en día, posiblemente algunas personas lo verían como carga porque vivimos en un mundo en dónde queremos libertinaje, no vivir bajo estructuras, institución y sin propósito.
Segundo, nos habla de la santidad de nuestras ofrendas. En principio las ofrendas son voluntarias, y bajo este espíritu cuando deseo acercarme a Dios busco entregar lo mejor de mí. Sin embargo, Dios esta previendo que en un momento determinado la santidad de las ofrendas se perdería, y el ser humano terminaría ofreciendo no lo mejor, sino lo defectuoso. Me gusta la idea de que refuerza que el sacerdote debe estar en estado de pureza para servir. ¿porqué? Del lado del oferente debe traer algo digno, del lado del sacerdote debe ser un filtro y reconocer si la intención y lo que se ofrece está acorde para ser presentado delante de Dios. Si un sacerdote no puede tener dominio propio, ¿podría ser susceptible a ser comprado por alguien para recibir y ofrecer algo no correcto? Leemos más adelante Malaquías 1:7-8 “Ofrecéis sobre mi altar comida impura, y aun así decís: “¿Cómo te hemos profanado?” Al decir: “La mesa de Dios es despreciable”. Cuando ofreces un animal ciego en sacrificio, ¿acaso no hay nada de malo? Y cuando ofreces uno cojo o enfermo, ¿acaso no hay nada de malo? En conclusión, no importa sólo dar, sino “cómo damos”.
Tercero, nos comienza a indicar que también debemos santificar nuestro tiempo, ya que desarrolla un calendario sagrado del año iniciando en Shabbat, Pesaj, Omer, Shavuot, Yom Teruah, Yom Kippur y Sucot. Lo veo de la siguiente manera: la santidad se vive continuamente (Shabat): al liberarnos (Pésaj), al crecer en procesos de vida (Omer), al recibir propósito (Shavuot), al despertar y reorientarnos (Yom Teruah), al corregirnos (Yom Kipur) y al aprender a confiar en la fragilidad (Sucot). Es decir, todo el tiempo, por ello me encanta bajo el contexto de aparente locura de David expresado en Tehilim 34 “Bendeciré al Señor en todo tiempo; su alabanza está siempre en mi boca.”. Cuando comprendemos que el tiempo es de Dios, no nuestro, podremos decir como Moshé (Tehilim 90:12) “Enséñanos, pues, el número de nuestros días, para que adquiramos un corazón sabio.”
Cuarto, la santidad requiere de continuidad, constancia. Leemos en el 24: 2 la frase “para encender la lámpara regularmente.” Y en verso 24:3 “con aceite suficiente para que ardan continuamente, desde la tarde hasta la mañana, delante de Dios. Este será un deber eterno para todas vuestras generaciones” V.4 “Debe colocar las lámparas sobre el candelabro de oro puro, delante de Dios, regularmente.”. Luego habla sobre que debemos presentar un pan horneado, v.8 “Cada día de reposo, un sacerdote debe disponerlo “delante de Dios”, donde permanecerán continuamente, como una ofrenda de los israelitas en forma de pacto eterno.” En resumen, la luz es constante y el pan es renovado semanalmente, esto simboliza la continuidad espiritual: La luz que representa la sabiduría y aquello que nos orienta, nos da claridad, entendimiento y dirección en la vida. El pan, que vendría a representar aquello que nos brinda sustento básico (vida), el fruto del trabajo humano. El pan no aparece como un aguacate en donde esperas que crezca y madure y lo cortas del árbol. El pan requiere un proceso donde se siembra, cosecha, se muele, se amasa, se hornea. Es decir, es la transformación del mundo a través del esfuerzo humano. En este sentido, presentar los panes ante Dios no es para que Él se los coma (leemos que el pan es para el hombre, para Aaron y sus hijos), pero lo que presentamos a Dios es nuestra vida a través de nuestro esfuerzo. En resumen, no basta conocer (luz), necesito sostenerme (pan). No basta con vivir vida sobreviviendo (pan), necesito dirección (luz). La luz requiere constancia diaria, y el pan debe ser renovado.
Quinto, santidad en lo que proferimos con nuestra boca. En el 24: 10-16 se desarrolla una historia que interrumpe el relato, es el hijo de un egipcio y una israelita llamada Shelomit bat Divri, de la tribu de Dan. Según un artículo de la BBC[1] dice que referente al mito de que en promedio las mujeres hablan 20,000 palabras diarias y el hombre 7,000, hubo un estudio que indica que en Mexico y Estados Unidos, los hombres pronunciaron 15,669 versus 16,125 palabras de mujeres. Es decir, aunque las mujeres hablen un poco más en promedio, casi estamos iguales. Así que me pregunto, ¿cuántas de mis 15,000 palabras diarias santifican el Nombre Divino o cuántas la profanan?
Dios refuerza la idea de asumir la responsabilidad por mis palabras y acciones. El texto indica que el joven pronuncia el Nombre, pero luego maldice. Es decir, usó el Nombre Divino para maldecir. Hoy en día, tenemos un concepto de libertad de expresión, libertad para decir y transmitir ideas desde cosas buenas, hasta cosas desastrosas. Vemos como expresiones de odio hacia el presidente Trump desataron acciones de intento de homicidio. Vemos cómo la libertad de expresión ha incitado al asesinato de Charlie Kirk, o de provocar antisemitismo con violencia en el mundo. ¿porqué? Por que la libertad de expresión no regula los mensajes. En esta porción aprendemos que los mensajes deben ser regulados, no censurados. ¿cuál es la diferencia? El joven no fue censurado en el sentido estricto de proferir palabras vanas, fue regulado por haber dicho lo que dijo. Es decir, debía aplicarse la regulación de responsabilidad sobre lo que digo y provoco en la sociedad. Si analizamos al joven, su madre israelita le daba identidad espiritual (interioridad), su padre, egipcio representaba la opresión y la fuerza (exterior). Es decir, era un joven con una identidad dual, fracturada.
Según los midrashim, él peleaba por un lugar, pero según la torá la herencia futura estaba reservada para los hijos de los israelitas (Números 26,27,34), por lo tanto, su requerimiento fue denegado por tener padre egipcio, provocando la fractura en su comportamiento. De esta herida vino la blasfemia, es decir, el joven quiso obtener algo por vía de la violencia, de no buscar un proceso y no presentar su caso de “aparente injusticia” debidamente con respeto y honor. Leemos más adelante en levíticos 36:2 sobre el caso de cuatro mujeres que no tendrían herencia, las hijas de Tzelofjad. Ambos eran casos que rompían normas, eran injustos, pero la intención de ambos fue la diferencia y las expresiones de su boca. Hoy en día creamos realidades a partir de nuestras palabras, palabras que quiebran sistemas y afectan millones de vidas. Nosotros de manera consciente o inconsciente podemos profanar el nombre Divino (Jilul Hashem) usando el nombre de Dios para justificar lo injustificable, vemos ejemplos claros de manipulación a personas en nombre de Dios para cometer abusos (espirituales, psicológicos, físicos o sexuales); incitar al odio o violencia diciendo que “Dios lo quiere así”; Engañar, robar, o actuar sin ética representado a “Dios”. Dios quiere que hagamos Kiddush Hashem, santificación de su Nombre, que sería actuando con justicia, integridad, compasión y bondad. Y es así, como se conecta la fase final de nuestra porción, en la retribución justa de nuestros errores (ojo por ojo). Debemos preguntarnos continuamente: ¿Esta palabra/acción aumenta la dignidad humana y la responsabilidad… o concentra poder y justifica daño? Cargar con el pecado (v.15) es área personal, maldecir usando el Nombre Divino (v.16) cruza la línea del ámbito personal dañando a la sociedad.
Santificar no es solo separar, en Bereshit lo vimos Dios separa la luz de las tinieblas, el agua del mar, el sol de la luna. Separar y diferenciar es parte inicial de santificar. Tomar algo, separarlo del uso común y alinearlo con un propósito elevado, esto es santificar. Si no hay límites, separación y diferenciación, volveremos al vacío, al caos. Y de esto trata Emor, Emor es enseñarnos que los marcos definidos, que traen límites, diferenciación crean un entorno que permite desarrollar la vida y una vida bendecida. Toda acción que rompa este marco traerá como consecuencia el caos. Por ello el mundo está como está ahora.
Retornando a las palabras de Yeshua: “Tu nombre sea santificado” no es una declaración pasiva que es pronunciada a diaria por millones de personas en el mundo, es una petición y compromiso: “Que tu Nombre sea tratado como santo (distinto, elevado) en el mundo”. Dios es Santo, tres veces Santo como recitamos cada Shabbat, se trata que los seres humanos lo reconozcamos y tratemos a Dios como tal, dando su lugar, su posición y honor como debe de ser dentro del marco diseñado por El para generar vida abundante.
Mi oración para este Shabbat es que vivamos una vida tal, que santifiquemos y no vaciemos el Nombre Divino día a día, en nuestro trabajo, en nuestra familia, en nuestro entorno.
Shabbat Shalom
Mauricio Quintero
[1] https://www.bbc.com/mundo/noticias/2013/11/131113_mitos_medicos_realmente_mujeres_hablan_mas_finde
