La Parashá Lej Lejá está llena de enseñanzas para nuestras vidas.

Aquí presentamos solo algunas:

Recuerda que no somos perfectos. Dios nos creó «muy buenos»; somos «lo suficientemente buenos» para cumplir Su propósito en nuestras vidas. Hoy en día, la mayoría de las personas no lee la Torá tal como está escrita; ni siquiera quienes se consideran religiosos. Y, si la leen, lo hacen a través de los filtros de ideas preconcebidas que les han transmitido sus «héroes». Son sus etiquetas las que los definen. Pero, ¿con quién o con qué se identifican? ¿Con una nacionalidad, una religión, una ideología, un salvador o héroe, o incluso con una supuesta «raza» (por cierto, solo existe una raza: la raza humana)? ¿Cómo identifica la Torá a sus héroes? Ninguno es perfecto. Adán y Eva quebrantaron la única norma que Dios les había dado, perdiendo así la protección que esta les habría brindado. Sus dos primeros hijos, Caín y Abel, establecieron un patrón de envidia y asesinato que marcó a las generaciones siguientes, arrastrando a la humanidad hacia un caos moral y corrompiendo la creación de Dios.

Debemos obedecer las normas que Dios nos ha dado, aunque no sepamos por qué; algún día lo entenderemos. ¿Acaso Noé comprendía plenamente por qué estaba construyendo un arca? Al hacerlo, Dios salvó a la raza humana junto con los animales que Él eligió para Su propósito. Luego aparece Abram, a quien Dios le dijo: «Lej lejá» —«sal de donde estás», aléjate de todo lo que conoces. Al igual que a Abram, Dios nos llama a cada uno de nosotros a hacer lo mismo: dejar atrás nuestro pasado y no temer caminar «con Él» hacia el futuro. Leer los relatos de la Torá tal como están escritos —y no según lo que otros dicen que significan— nos ayuda a lograrlo. Por ejemplo, en Génesis 12:2, Dios le dice a Abram: «Haré de ti una gran nación» —*guoy gadol*. Un momento, ¿qué…? ¿Israel es un *guoy*? Toda mi vida pensé que *guoy* significaba «gentil». Crecí aprendiendo que se trata de «ellos» o «nosotros». Pero no; *guoy* significa «nación». Israel es una de las naciones; sin embargo, Dios nos eligió y nos convirtió en un *guoy kadosh*, una nación apartada con un propósito: ser una bendición para el resto de las naciones, sin considerarnos mejores que ellas ni creernos más santos que los demás.

Dios le dijo a Abram: «Te bendeciré, engrandeceré tu nombre y serás una bendición». Cuando el nombre —es decir, la reputación— de Israel, tanto dentro de la tierra como en el extranjero, es tenido en alta estima (es grande), esto habla bien del Dios que nos formó. Pero cuando actuamos de maneras que degradan nuestro nombre, esto habla mal de nuestro Creador, y eso conlleva consecuencias. El Tanaj está lleno de relatos sobre lo que sucede cuando obedecemos las instrucciones de Dios y cuando las desobedecemos. Él nos dice constantemente: «Somos tú y Yo». Yo soy Dios; Yo te creé. Eres algo muy bueno, pero no eres perfecto. Solo Yo soy perfecto; solo Yo puedo protegerte… ¡No tu identidad, ni tus afiliaciones políticas o religiosas, ni tu forma de vestir, ni lo que comes! La semana pasada vi un video de una joven en París que había marchado con orgullo contra Israel en una manifestación propalestina, con cuya causa se identificaba. Ella estaba frente a su propia tienda, que era saqueada y destruida por las mismas personas con las que ella había marchado. No se detuvieron ni siquiera cuando ella gritó: «¡Oigan, soy una de ustedes!». El mal no tiene límites ni lealtad hacia nada más que hacía sí mismo. De esto es precisamente de lo que Dios intenta protegernos.

Agradezcamos el libre albedrío que Dios nos ha otorgado, que nos permite elegir bendiciones (vida) en lugar de maldiciones (muerte). Dios le dijo a Abram que bendeciría a quienes lo bendijeran y maldeciría a quienes lo maldijeran, y que, a través de él, todas las familias de la tierra serían bendecidas (todos somos *mishpajá* —familia—; ¡todos descendemos de Noé!). Esto no solo se aplica a las familias, sino también a los individuos, las ciudades y las naciones. Hoy en día, vemos que, cuando cualquier país sufre un desastre natural, Israel es el primero en acudir a ayudar. Cuando vemos a alguien en apuros, ¿somos nosotros los primeros en responder? Hace poco, una madre y su hijo fueron atacados en el metro, cerca de donde vivo, y nadie se detuvo para ayudarlos. Eso no es lo que enseña la Torá.

Aprendamos a manejar los conflictos familiares. En Génesis 13:7-8, surgió una disputa entre los pastores de Abram y los de Lot debido a que no había suficiente tierra para todo su ganado: «Entonces Abram le dijo a Lot: “Te ruego que no haya contienda entre nosotros… pues somos hermanos”». Así que se separaron y cada uno siguió su propio camino. Si nos enfadamos con algún miembro de nuestra familia por un desacuerdo, podemos tomar caminos distintos, pero debemos recordar siempre que somos hermanos. Cuando Lot fue secuestrado, su tío Abraham no dudó; actuó de inmediato, reunió a 318 de sus siervos entrenados y fue a rescatar a su «hermano Lot» (versículo 14). Esto forma parte de nuestro ADN. Recordemos la operación en Entebbe, Uganda. Asimismo, tras el 7 de octubre, Israel no descansó hasta lograr que regresara el último de los rehenes, ya fuera con vida o sin ella. El ejemplo de Israel está escrito en las páginas de la Torá.

Vivimos en una época en la que los agresores están ganando terreno de nuevo. Aunque a veces sea necesario enfrentarse físicamente a un agresor, esto es solo una solución a corto plazo. Dios sabe que debemos luchar contra el agresor, pero, en última instancia, es DIOS quien pelea por nosotros. Las personas que vivían en los *kibutzim* el 7 de octubre creían en la bondad del ser humano y en su propia capacidad para enseñar a los demás a amarse unos a otros. Invitaron a personas de Gaza a sus hogares y negocios, creyendo que podrían convivir y trabajar en paz. Fueron precisamente esas personas quienes proporcionaron a Hamás información detallada sobre a quién atacar, qué atacar, cuándo y dónde. No es posible razonar con quienes han sido criados con violencia y odio. Eso debe ser erradicado; pero la raíz del asunto es que, cuando estamos unidos bajo DIOS, nadie puede hacernos daño. Un pueblo dividido no puede subsistir.

Debes saber que tú y yo tenemos un pequeño papel que desempeñar en el plan superior de Dios. ¿Acaso sabía Abram lo importante que era decir «sí» a DIOS? Todos estamos aquí hoy gracias a su fe. ¿Somos conscientes de cuán profundamente conectados estamos unos con otros, a todos los niveles? El comportamiento de una persona afecta a muchas otras durante generaciones; por eso existe un dicho en el judaísmo: «Quien salva una vida, es como si hubiera salvado al mundo entero». Todos estamos interconectados y, al decir «sí» a DIOS, podríamos estar salvando nuestra propia ciudad.

Mantente firme y dale siempre la gloria a DIOS. A Abram no se le podía comprar. Cuando se le ofreció el botín de la batalla contra el rey de Sodoma, él dijo: «He alzado mi mano al SEÑOR, Dios Altísimo, creador del cielo y de la tierra… no tomaré… nada de lo que es tuyo, para que no digas: “Yo enriquecí a Abram”». Es natural que busquemos reconocimiento, recompensa y mérito por las victorias que logramos en la vida. En lugar de jactarnos, humillémonos y recordemos que el mérito le pertenece al Creador del cielo y de la tierra. Dios le dijo: «No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu recompensa será muy grande». Es maravilloso recibir una recompensa tras una batalla bien librada, y podemos alegrarnos de nuestro éxito, pero no olvidemos a quién debemos atribuir el mérito. Moisés aprendería esa lección de la manera más difícil.

Recuerda que nuestros fracasos no nos definen. Abram temía que él y Sarai no tuvieran un hijo de su propia descendencia, y que su mayordomo, «Eliezer» (Eli: «mi Dios»; Ezer: «mi ayuda»), lo heredara todo. Entonces, Dios llevó a Abram afuera y le pidió que contara las estrellas, si era que podía; ¡así de numerosa sería su descendencia! Génesis 15:6-8 continúa: «Y él creyó al SEÑOR, y le fue contado por justicia». Eso llenaría de orgullo el corazón de cualquiera; sin embargo, justo después de que DIOS le dijera: «Yo soy el SEÑOR, que te saqué de Ur de los caldeos para darte esta tierra en heredad», Abram respondió: «Señor DIOS, ¿cómo sabré que la heredaré?». Es normal experimentar una crisis de fe justo después de una victoria asombrosa. Debemos examinarnos constantemente: ¿En qué hemos depositado nuestra fe? ¿En nuestros talentos, nuestro dinero, nuestras familias, nuestras mentes brillantes o nuestra propia fuerza? No es de extrañar que luchemos y nos sintamos como fracasados. Cualquiera de estas cosas puede desaparecer en un instante, pero nuestro Dios, jamás. Recuerda que las promesas de Dios son la solución para lidiar con nuestras preocupaciones y nuestra ansiedad, las cuales abundan en el mundo actual. Las redes sociales se alimentan de ello, y todos ofrecen soluciones superficiales —meros «parches»— ante estos problemas. El mundo está dividido en dos bandos: unos aman a los judíos y otros los odian, acusándonos además de ocupar una tierra que no nos pertenece. Sin embargo, Génesis 15:18 dice: «En aquel día hizo el SEÑOR un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia he dado esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río, el Éufrates». Y en Génesis 17:8 leemos: «Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en la que ahora habitas como extranjero —toda la tierra de Canaán—, como posesión perpetua; y yo seré su Dios». Si no estás de acuerdo con esto, no discutas conmigo… discute con DIOS. La raíz del problema es espiritual.

No te adelantes a Dios… espera en Él. Puedo recordar muchas situaciones en las que debí haber esperado la dirección de Dios; pero aprendo del ejemplo de Sarai, quien llevó a Agar, su sierva, ante Abram porque no pudo esperar. Es comprensible: ella era de edad avanzada, mucho más allá de sus años de fertilidad. Esto abrió la puerta a gran parte de lo que sucede hoy en el Oriente Medio. Génesis 16:12 dice sobre Ismael: «Y él será un hombre indómito; su mano estará contra todos, y la mano de todos contra él; y vivirá frente a todos sus hermanos». No podemos entender el mundo actual sin conocer la Torá.

En Génesis 17, Dios le dice a Abraham: אֲני־אֵ֣ל שַׁדַּ֔י הִתְהַלֵּ֥ךְ לְפָנַ֖י וֶהְיֵ֥ה תָמִֽים (Ani El Shaddai, hithalej lefanai veheye tamim): «Yo soy El Shaddai; camina conmigo y sé un *ish tam* —un hombre sin engaño». En otras palabras: sé libre para ser quién eres; imperfecto, pero comprometido a caminar conmigo. Dios llama a Abram y a quienes están con él a entregarse por completo a su relación con nuestro Creador, mediante el *Brit Milá* (la circuncisión). Sin el *Brit Milá* realizado al octavo día —ya sea para el varón nacido de la descendencia de Abram, para el siervo nacido en su casa o para aquel comprado a un extranjero (*neichar* —distinto de *guer*—)—, la persona será excluida de Su pueblo. El término *guer* aún no se menciona; quizás porque el propio Abram era un *guer*, un extranjero en tierra ajena. Todos los *guerim* (extranjeros) futuros, como Rut y Caleb, serían considerados parte de la casa de Israel. Inmediatamente después de que Abram rescatara a Lot del rey de Sodoma, Melquisedec —rey de Salem y sacerdote de El Elyón— aparece de la nada, dando gracias a El Elyón, el Dios Altísimo, por haber entregado a los enemigos de Abram en sus manos. La Torá dice: «y le dio el diezmo de todo». Tanto el *Brit Milá* (la circuncisión) como el diezmo representan un compromiso total e implican un dolor que «golpea por debajo del cinturón». Ponen a prueba nuestra fe y nos ayudan a desarrollar *bitajón*: confianza. A veces intentamos negociar con DIOS, justificando nuestras razones para no entregar el diezmo a los «Melquisedec» de nuestros días o para no circuncidarnos; pero la pregunta fundamental que siempre debemos hacernos es: ¿A quién pongo en primer lugar, a mí mismo o a DIOS?

Shabat Shalom

Peggy Pardo