Rompiendo patrones generacionales.

“Y acontecerá en aquel día, que su carga será quitada de tu hombro, y su yugo de tu cuello, y el yugo se pudrirá a causa del aceite”. Isaías 10:27

Nuestra parashá de la semana es Miketz, מקץ, que significa “al cabo de, o al final de” y se desarrolla en Bereshit 41:1-44:17. Se expone dentro de la porción los sueños de Paró en donde recibe un mensaje divino que lo angustia mucho, y Dios hace que el copero se acuerde de Yosef, un intérprete comprobado de sueños.

Cuando el copero intrépidamente recuerda a Yosef al ver que no había un sabio o un mago que pueda descifrar los sueños, relata a Paró acerca de un hombre que había predicho sueños con significados que se cumplieron cuando estuvo en el calabozo. Esto provoca que Paró mande a llamar en un solo día a Yosef, a quien lo transforman en egipcio, para que no tenga apariencia de Ivrit, le colocan túnicas nuevas y lo presentan delante de Paró. Yosef sale de la cárcel transformado en un nuevo hombre, y es interesante leer que Yosef nunca pidió nada a Paró, como cualquier ser humano lo haría en esta condición: “libéreme de mi calabozo, deme carta de libertad, piedad, misericordia”. Sino que se presenta delante de este rey a quien ve como hombre, para primero escucharlo, y luego decir que es Dios quien le revela el sueño que le angustia tanto al rey.

Paró la prueba a Yosef, omitiendo y cambiando sutilmente el sueño, sin embargo, este hombre revela lo que Dios hará. Esto impresiona a Paró porque, sin que Paró se lo pida y sin arrogancia, Yosef le muestra el problema, pero también la solución y una solución práctica, concreta, económica. Paró se asombra del espíritu que reposa sobre él y lo declara el mismo día como virrey de Egipto sin que Yosef se hubiera propuesto para algún cargo público. Luego, Yosef comienza a resolver los ciclos generacionales de la humanidad relatados en la Torá.

Yosef, que significa “Dios añadirá, Dios incrementará”, y Dios comienza a añadir a Yosef sin haber sido registrada en la Torá una braja (bendición) como la que recibieron previamente Isaac o Yaakov en donde la Torá aplicaría una frase como: “Y bendijo a Yaakov a Yosef diciendo: …” Sino vemos que las bendiciones que porta Yosef están implícitas en su nombre (naturaleza), en sus ropas especiales (túnica especial) ya que las vestiduras implican una investidura como se lee posteriormente cuando los sacerdotes reciben ropas especiales lo que es una señal para ejercer un rol, una investidura de autoridad. Y vemos una tercera braja implícita al momento en que su padre lo despacha a Shejem, le emite una braja dando una misión de vida: “Ve ahora, mira la paz de tus hermanos” (Gn 37:14), que le tomará 22 años cumplirla, en la cual fue enviado como un portador válido de Shalom, algo que vemos que continuamente porta.

Ahora, llega el momento de completar la misión de su padre que le había sido conferida 13 años previos a este episodio y que comienza con su salida de la esclavitud. Trece es un número interesante en Guematria ya que representa integridad, unificación (Ejad אחד), también Ahava אהבה amor. Es decir, Yosef logra la unidad a través del amor. Y vemos cómo Dios añade a su vida este día una esposa, una nueva nacionalidad, un nuevo estatus de vida como Virrey, un propósito para comenzar de nuevo que es producir la tierra para luego salvar a la tierra, le añade hijos quiénes rompen el ciclo de rivalidades entre hermanos previamente expuestos en la Torá. Es decir, el 13 se liga a compasión, paciencia, perdón necesario para volver a ser UNO. El 13 será el que une lo fragmentado, con sus hijos ahora serán 13 los que recibirán la bendición de Israel. Yosef pasó 13 años encarcelado y como esclavo no para ser fuerte, sino para aprender a unir sin dominar. Además 13 es cuando el varón puede asumir con conciencia la responsabilidad, y esto es lo que sucede, Yosef logra en este proceso asumir la responsabilidad con amor.

Es así como nacen Menashé, “Dios me hizo olvidar mi aflicción” y Efraím, “Dios me hizo fructificar en tierra de aflicción”. Dos nombres que denotan un proceso de sanidad. Luego se cumplen lo sueños de Paró en donde había pasado la abundancia a la escasez. Esto produce hambre, y esto provoca que Israel ordene a sus hijos “descender” a Egipto para buscar alimentos para mitigar el hambre y no morir. A este momento, habían pasado 13 años de esclavitud, 7 años de plenitud de abundancia, y dos años de hambruna, es decir, 22 años de no ver a su padre. Es decir, Yosef está en el exilio anónimo 22 años. 22 en guematria nos da la idea del Alef Bet, ya que el Alfabeto Hebreo contiene 22 letras, en donde dicen los sabios que el mundo se creó con base a 22 letras (Sefer Yetzirá 1:1), y la verdad se articula con 22 sonidos (Sefer Yetzirá 2:2). Yaakov estuvo 22 años separado de Itzak, su padre, y ahora su hijo cumple igualmente este ciclo, vemos el “midat kenegued midat” como un proceso de rectificación, de reparación para Yaakov. Asimismo, así como Yaakov vivió separado de su hermano 22 años, sus hijos viven separados entre hermanos durante 22 años.

Cuando se presentan sus hermanos, sus hermanos no le reconocen, pero Yosef sí. Los pone a prueba para saber si en estos 22 años sus hermanos que con apatía, envidia y conciencia deshumanizada se habían desecho de él, habían rectificado su error o no. Era el tiempo de cumplir el último mandato de su padre: “ve cómo está la paz de tus hermanos”. Era el tiempo de hacer Teshuva, hacer un Tikum para reunificar a Yaakov y convertirse en Israel. Es así como Yosef hacer retener a Shimon (42:24), Rubén demuestra que no tiene el carácter para asumir el rol de liderazgo (37:21-22; 42:22; 42:37), y Yehuda (43:9,44:16) se levanta como líder bajo la presión. Benjamin es traído a pesar de que su padre no quiso entregarlo, pero también Yaakov decide “soltar” a su hijo cuando dice en 43:14 “Y yo, como he sido privado, privado seré.” Va’aní ka’asher shajólti, shajálti. Es decir, es una parashá muy humana, cargada de emociones fuertes, desenlaces, y resoluciones, quizá por ello inicia con un final.

Quisiera resumir porque no alcanzaría el tiempo para desarrollar todos los puntos que hay dentro de mi mente, en los que se pudren ciertos “yugos”, es decir, opresiones del alma, las cuales son generacionales y que hoy en día debemos romper. Lo primero, la Torá de manera implícita nos da a entender que cuando los hermanos dimensionaron el dolor infligido a su padre habían decidido no conversar sobre el episodio de Yosef, enviando al “baúl de los recuerdos” los hechos. Muchas personas comentemos errores en la vida y no nos enfrentamos a ellos, decidimos deliberadamente “no hablar (confrontar)” sobre temas que necesitan ser resueltos. En efecto, este es el primer yugo en liberarse, hay familias en donde no se hablan de abusos, traiciones, no se lloran pérdidas, el silencio se hereda como una especie de “lealtad”. El dolor no expresado se convierte en un patrón, muchas veces generacionales. Como resultado genera un fruto de ansiedad, explosiones emocionales, culpa difusa, y se repite porque nadie se atreve a confesarlo, enfrentarlo, mirarlo.

Se pudre un ciclo de favoritismos, y yugos relacionales. Hay familias con discriminación de “hijos fuertes versus débiles”, “inteligentes versus incapaces”, “independientes versus frágiles”. Esto genera una aprobación condicionada al rendimiento, a resultados, en donde los éxitos son el valor supremo: buenas notas, buena conducta, gusto para vestirse, ser exitoso, líder, inteligencia, atletas, virtuosos en artes. Y del otro lado de la moneda, el fracaso se ve como un antivalor, generando vergüenza, rechazo, y hace que el amor se confunda con mérito, aparece la culpa, el autoexilio, el resentimiento, las rivalidades, la incapacidad de pedir ayuda, etc. Esto genera en la sociedad adultos hiperfuncionales y emocionalmente solos. Madres que cargan con todo lo emocional dentro del hogar, padres ausentes emocionalmente, hijos que se sienten frágiles y sensibles en necesidad. Sociedad que no acepta los fracasos como oportunidades y bendiciones.

Y el otro ciclo que veo que se pudre es el espiritual, en donde se percibe a Dios como un vigilante y no un sanador, o se tiende a “espiritualizar los traumas”. ¿Cómo se visualiza esto? La religión me prohíbe hacer preguntas, justificar abusos, perpetuar miedos o espiritualizamos cuando decimos: “perdona y olvida”, “Dios quiso que sucediera”, “eres una nueva criatura”, es decir, anulamos el dolor para parecer espiritual, no lloramos para no mostrar nuestra humanidad, como consecuencia, hay heridas no sanadas.

Vemos cómo la fragilidad y la humanidad son herramientas que Dios nos ha dejado para liberarnos de los yugos. Vemos como se repitió el ciclo entre Caín y Abel produciendo rivalidad y competencia que finalizó en fatricidio; Entre los hijos de Noaj en violación y exposición que finalizó en distanciamiento, separación perpetua de hermanos y humillación del padre; Ishmael e Itzak una cercanía que producía incesto, burla (bullying), toxicidad y falta de límites que terminó en humillación por la expulsión de un hijo de la casa; Esav- Yaakov engaño y placer inmediato que produjo odio, huida y desunión; Rajel-Leah produjo celos entre hermanas, rivalidad entre sus hijos e inseguridad matrimonial. En ningún caso hubo un restablecimiento de la familia; Yosef, pasando un proceso duro, doloroso, quebrado totalmente, logró sacar a sus hermanos la paz encomendada por su padre.  Los ciclos espirituales-generacionales no se “pudren” huyendo, acusando, justificándose o espiritualizando. Se pudren cuando el aceite (unción Divina que usamos para encender las velas de Janucá) nos ayuda a abordar un tema en nombre de la verdad, asumimos la responsabilidad de los hechos, se reconoce lo que se hizo, y se demuestra la Teshuvá no con un “perdóname” sino con acciones protegiendo al débil o vulnerable como se denota en esta nueva etapa de sus hermanos.

Estamos en Janucá, igual que en los tiempos de Yosef: vivimos en el exilio, en un mundo que nos desprecia, en un mundo de oscuridad prolongada, en un mundo que busca eliminar nuestra espiritualidad. En estos tiempos difíciles, cuando de la oscuridad de Mitzraim surge, aparece también la luz, en donde la luz trae vida, así como el grano en Egipto salvó a muchos; es decir, lo “oculto” sostuvo a la vida. Miketz alude al fin del exilio personal de Yosef, y Janucá al exilio cultural. Traigamos luz a nuestras casas con sabiduría, no pretendamos defender nuestras posiciones desde una aparente y engañosa fuerza, sino que vivamos con humildad suficiente para ser restaurados. Al final, el yugo no debe ser quebrantado; debe ser destruido en un proceso de pudrición ejercido por el aceite.

Shabbat Shalom

Sr. Mauricio Quintero